La Artista ArtCorps Naphtali Fields comparte con nosotros cómo fue el debut de su grupo de teatro el Día de la Madre, con tiernos detalles de entre bambalinas.
El Día de la Madre es muy importante en El Salvador. Algunas personas se van pronto del trabajo, las escuelas tienen pequeñas fiestas para las madres de los alumnos, y durante todo el mes la televisión no hace más que poner anuncios de sonrientes mujeres de piel clara en apartamentos de estética norteamericana que pregonan aspiradoras, artículos de cocina o preparados para sopa con los que demostrar a tu madre cuánto la quieres. Quizás es una obviedad decir que la televisión no suele reflejar las vidas de la gente corriente, pero aquí la brecha es enorme. Las familias en El Salvador rural, aunque son un público ferviente ante estos anuncios, no viven en el mismo país que aquéllos que pueden permitirse comprar cosas como una aspiradora. Muchas de las familias que conozco no tienen electricidad en casa o la tienen desde hace pocos años. El agua llega cada 8 días, con suerte. Y está claro que una aspiradora haría más daño que bien en los suelos de tierra de las casas.
AGROSAL, mi organización anfitriona, tiene por costumbre hacer algo especial para las mujeres el Día de la Madre. Este año iba a haber un gran evento porque nuestro grupo de teatro de jóvenes, “Teatro Nuevas Visiones”, iba a actuar en público por primera vez. Hemos estado trabajando en el repertorio casi desde la primera semana, que empieza con un número híbrido de baile interpretativo y Electric Slide y continúa con un poema y rap original sobre nuestras madres y la vida en la comunidad. Después de posponerlo mil veces, por fin nos reunimos. Karen, una compañera que ha trabajado con estas comunidades varios años, programó una reunión, manteniendo el motivo lo más secreto posible. (El año pasado vinieron muchas mujeres que nunca habían oído hablar de AGROSAL porque sabían que iba a haber regalos y tarta para los asistentes). Estaba nerviosa mientras planificábamos detalles como quién iba a comprar la tarta o la piñata, pero Karen ya lo había hecho antes, así que ella estaba al mando de esa parte y yo sólo tenía que preocuparme de la actuación del grupo de teatro.
No.
La mañana del evento, Karen recibió una llamada diciendo que tenía que ir a la capital a una de esas reuniones a las que no puedes faltar aunque te estés muriendo, cosa que parece ocurrir muy a menudo en el sector sin ánimo de lucro. “Tú puedes con esto, ¿verdad, Naphtali?”, me preguntó mientras iba a la camioneta.
“Ummm… ¿Qué pensabas hacer?”, le respondí mientras el pavor se apoderaba de mí. A la hora de planificar cosas de última hora de forma espontánea, soy horrible. Mi mente se queda en blanco, me olvido de todo lo que he hecho sobre teatro y me quedo mirando fijamente a la persona que tengo a mi lado. Karen no se dio cuenta.
“Sólo tienes que hacer algunas actividades para romper el hielo. Lo importante es conmemorar a las mujeres. Voy a llamar a Nina Yolan para que te ayude. No tendrás ningún problema”.
“De acuerdo”. Y sin más, se fue. Tenía más o menos una hora para encontrar una piñata, ensayar por última vez con el grupo, comprar regalos para los sorteos y rezar para que José tuviera la tarta a tiempo.
Dos horas después (a veces la noción salvadoreña del tiempo es una bendición), apareció en el restaurante una marabunta de mujeres. Esperábamos unas 30, pero había más de 50, sin contar los niños que venían con muchas de las madres. Los jóvenes del grupo de teatro tenían muchos nervios. Éramos los primeros en el programa, y les temblaban las manos al ponerse delante de sus madres y vecinos, gente que conocen desde siempre. Empezamos con el baile. Se veía un poco inseguro, con más espíritu que ritmo. Luego, el poema. Mejor. Hablaron alto y claro ante el micrófono y recordaron tanto la letra como los movimientos. Y finalmente, el rap. Estaba nerviosa, por si perdían el aplomo, pero las voces se mantuvieron firmes mientras contaban cómo es la vida en sus comunidades, hablando en público por primera vez sobre cosas que nunca antes habían cuestionado.
En calles polvorientas,
Caminamos.
Los ricos, los políticos tienen sus propios objetivos.
No nos incluyen,
Sólo nos excluyen.
Es la hora de hacer cosas por nosotros mismos.
(Estribillo)
Juntos luchamos, madres e hijos
Padres y abuelos.
Agarra mi mano para trabajar por un futuro mejor.
Mi madre me ha dado
Todo lo que tengo.
Ella llena mi vida con amor y cuidados.
Estudio lejos, aprendo muchas cosas,
¿Pero cómo me ayudan si no tenemos comida?
Tengo un hermano en Estados Unidos,
Todavía está esperando que sus sueños se hagan realidad.
Podemos elegir quedarnos con lo malo o con lo bueno
Podemos quedarnos sin nada, quejándonos
¡No lo hagas! ¡No voy a esperar
A que alguien de fuera venga y me ayude!
Sé que somos fuertes, creo en Dios
Que nos ama, nos cuida, que quiere que trabajemos juntos.
No tengo miedo, voy a organizar
Con mi comunidad, las madres y nosotros, los jóvenes.
Suena bien, y fue maravilloso ver el brillo en la cara de los jóvenes al terminar. El aplauso no fue muy cálido, pero ellos lo agradecieron con elegancia y felicidad.
Me gustaría poder terminar diciendo que el evento fue muy bien, que las mujeres participaron y apreciaron el trabajo de sus hijos, que no perdí la calma por la cantidad de tarta o que no me enfadé con aquella extraña mujer, sin relación alguna con AGROSAL, que ofrecía a sus dos niñas pequeñas para que bailaran reggaeton ante el grupo. Pero la verdad es que el evento no fue tan bien. Una persona se enfadó porque, al no ser madre, no podía participar en el sorteo. Nina Yolan y yo tuvimos muchas dificultades para saber quién estaba al mando del grupo, y la cocina se quedó sin comida. No fue el debut que habría deseado para el grupo de teatro, pero yo no soy de El Salvador. Confieso que estaba un poco desilusionada. Tanto trabajo puesto en nuestra actuación de diez minutos, y quién sabe que pensaron las madres, o incluso los jóvenes, sobre la misma. Esa misma semana, pedí sugerencias a los jóvenes para mejorar en la próxima actuación, esperando que ellos no estuvieran tan desilusionados como yo.
“¡Mi madre dice que estuve muy bien en el escenario!”, me dijo María.
“Mucha gente me ha dicho que estuve bien. ¿Y viste cómo me acordé de hacer lo de salir en el poema?”, continuó Noé.
“Sí, para la próxima, lo único que nos falta es un vestuario mejor”, añadió Aracely. Todos estuvieron de acuerdo.
“¿Algo más? ¿Algo que debamos mejorar aparte del vestuario?”, pregunté. Les miré uno a uno, todos estaban pensando. Arrastrados por el entusiasmo de su primera representación pública, no habían reparado en las imperfecciones, las riñas por la comida, o mi estrés. Etiel habló finalmente.
“Yo creo que estuvo perfecto. Y con el vestuario va a ser mejor todavía”. Todos asintieron, aliviados al oír su opinión. Mientras los observaba, deseaba grabar sus sonrisas de oreja a oreja y hacer un nuevo anuncio para el país. Uno mostrando la belleza de un auténtico Día de la Madre Salvadoreño.
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